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PAMPACOLCA Y LA VIRGEN DE LAS NUBES

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PREFACIO

 

            Ya había terminado de escribir este libro y me encontraba preparando el prefacio de este ensayo novelístico sobre Pampacolca cuando me llega la infausta noticia :  Hermógenes Vera Gamero había fallecido. Todo aquello que estaba construyendo en mi mente se arrugó como papel mojado, el tiempo perdió su dimensión, el espacio se redujo a cero y las palabras se negaban a traspasar mis labios.

            Aquel que conoció a Hermógenes y no piense en sus innumerables proyectos, en sus incesantes innovaciones, en sus atrevidas ideas y en su desinteresado servicio a la comunidad, no tiene un cabal conocimiento de esta noble persona. Justo es reconocer a Hermógenes como el adalid y lumbre de nuestra generación y  como ejemplo y faro de nuestros niños y jóvenes.

                                   Descansa en paz, primo querido.

Lima,  11 de Febrero de 2005

                        ——————————————————-

 

           

                Todos mis buenos deseos para este pueblo de Pampacolca que es para mí como mi madre y mi padre. En este pueblo se desarrolla  esta historia imaginaria que deseo de todo corazón se haga realidad y si así fuera algún día, solo me quedaría pedir: Pampacolca, ahora que estás en el Paraíso, acuérdate de mí.

                                                                                                                            

El autor.

 

 

 Dedico esta obra a la memoria de mi primo Hermógenes Vera Gamero

 fallecido el 11 de Febrero  del 2005.

 

Primera edición: Febrero del 2005

Segunda edición: Enero de 2013

 

         

 

                                     INTRODUCCION

  La Mano del Tiempo abrió las puertas del Mundo y entonces apareció un manto de esmeraldas meciéndose entre los cerros; estaba  suspendido por los pétreos brazos de sus cuatro Apus: Espíritu Santo, Antaura, Mamas y Campanáyoc.  Al centro de este campo de verde lozanía  yacían los trazos de una cruz  de enormes dimensiones: catorce calles de largo y ocho transversales, la misma que servía de morada al pueblo de los hijos del Apu Coropuna. Eran seres que vivían orgullosos por tener de protector al Apu más poderoso de esta parte del Mundo y del cual heredaron su vigor, su majestad y su inteligencia.

         Luego, La Voz  me preguntó

--¿Es esto lo que buscabas?

--Sí-- le contesté  --he hallado lo que buscaba.

--Entonces pasa, esta es la Tierra Aruni, la bendecida por los dioses y en la que sucederán los más grandes prodigios que servirán para construir el camino por donde el Mundo logrará el Gran Cambio. Esta  tierra será el Centro ese Nuevo Orden y será venerada y recordada por siempre en todo el Mundo. Además, allí encontrarás la compañía que siempre anhelabas y por ella,  te quedarás a vivir el resto de tu vida. ¡Entra, serás tú quien dará el primer paso en este Nuevo Camino!

--Apu, yo no tengo ni el poder ni el conocimiento para esta Gran Gesta, ¿cómo podría hacerlo?

         El Apu entonces movió la tierra y el cerro Mamas se rajó y por allí empezó a correr el agua que al chocar contra las piedras producían una música de mágicos efectos. Me sentí suspendido sobre el abismo para luego caer suavemente a un lado de aquella vertiente. La Voz me dijo entonces:

--Bebe y podrás hacerlo. Nosotros te ayudaremos pero, además, el Gran Maestro llegará a esas tierras para protegerte.

         Impelido por una fuerza incontenible, bebí con gran emoción ….y me quedé dormido.

         Desperté sobresaltado, pronto me di cuenta que ya no era el mismo. Ahora tenía una mente que parecía un ariete y una voluntad capaz de doblegar al obstáculo más tenaz. Por fin me sentía completamente libre de mis ataduras.

         Esa mañana, después de meditar en cada uno los eventos sucedidos en mi sueño, incluído lo de la “compañía”, tomé una decisión: Viajar a Pampacolca inmediatamente.   

 

 

 

Sucedió en Antaura

         Marcos Taipe arrancaba con fuerza y rapidez la hierba mala con sus dedos gastados y torcidos. Su rostro se parecía a alguna de las piedras que lo rodeaban, moldeado y labrado también por los vientos y el polvo de la zona altoandina arequipeña. Trabajaba a veces de cuclillas y a veces arrodillado mientras dejaba escapar un silbido quejumbroso y profundo como un lamento envuelto en huayno cordillerano. Esta era su última tarde de trabajo y estaba preocupado pensando en qué otra cosa iba a trabajar.

         Al escuchar las lentas pisadas de una acémila detuvo su trabajo y quedose  quieto; al sentir más cerca las pisadas levantó la mirada : era un jinete en su mula; tenía un raído y sucio sombrero metido casi hasta los ojos, barba y pelo largo, por lo que su rostro pasaba desapercibido, calzaba ojotas, manos largas con dedos sucios y callosos, un poncho delgado hecho harapos completaba su paupérrimo atuendo. La mula cargaba un serón con una vasija de chicha a cada lado. Marcos lo contemplaba con la respiración cansada; su rostro sudoroso denotaba desconfianza y su mirada parecía un signo de interrogación.        El jinete, sin bajar de su cabalgadura, llenó un jarro con chicha y se lo ofreció alargando el brazo. El jinete tuvo que esperar un buen rato antes que Marcos se decidiese, en medio de un profundo silencio interrumpido frecuentemente por un cernícalo que sobrevolaba la escena. Más pudo la sed y el cansancio: Marcos alargó su brazo y bebió con fruición y al final, dejó escapar una exclamación de placer, esbozó una sonrisa y enseñando su poderosa dentadura  musitó:

—Gracias, señor, muchas gracias señor, muchas gracias—  repetía incesantemente mientras trataba de ver aquel rostro impenetrable. El jinete, por toda respuesta  levantó su mano izquierda e hizo un extraño signo en el aire, volvió grupas y se alejó sin decir palabra.

         Esa tarde, encontrándose Marcos de regreso en su humilde choza de Ainanpampa, se dio con la sorpresa que algunos de sus parientes ya sabían de este personaje al que motejaron como el “Chichero”, a falta de mejor nombre. Su mujer Clotilde, su cuñado Plácido y su tío Nonato así lo manifestaron.

—Dicen que se aparece así nomás, por detrás de alguna piedra o de un matorral—  decía Plácido mientras le ofrecía su copita vacía de cañazo  a su cuñado. Era el santo de la hija mayor de Marcos, la Marucha, que cumplía 13 años; su tío y padrino Plácido había ido a visitarla llevándole un carnerito de regalo. Marcos llenó la copa y apuró su trago mientras que su cuñada Edelmira agregaba:

—Me han contado que ese caballero es mudo y está pagando una pena. Dicen que tenía un hermano prófugo de la justicia, acusado injustamente por un enemigo de la familia. Un día, (el chichero) conoció a un forastero que se le hizo amigo y tomando unos tragos le reveló el paradero de su hermano. El desconocido era un policía. El hermano fue capturado, juzgado y sentenciado a cadena perpetua. Un día amaneció muerto en su celda y dijeron que se había suicidado, entonces el hermano, (el chichero) loco de dolor y de culpa, se cortó la lengua—  concluyó Edelmira.

         Todos habían escuchado con una atención total la narración de Edelmira y se quedaron callados por unos instantes.

—A mi me han contado otra cosa—  intervino el tío Nonato. Todas las miradas cambiaron de dirección hacia el viejo de rala barba y bigote blanco, de rostro surcado por los años y perfil aguileño.

—El no es mudo—  aclaró mientras se servía otro cañazo.  —el es un cura renegado--  carraspeó fuerte saboreando el trago y prosiguió  --A los cinco años de haber cantado su primera misa conoció a una mujer, se enamoraron y decidieron casarse. Después de comunicar a sus superiores que iba a colgar los hábitos, se fueron a casar a Viraco, de donde era oriundo el novio, pero el párroco ya había sido avisado por sus superiores y no los quiso casar. De allí se fueron a Ayo, la tierra de su novia y tampoco los quisieron casar. Desesperados se fueron a Chachas, Machaguay y Alca con el mismo resultado, hasta que la mujer se enfermó gravemente y murió.

         Creyéndose culpable de la triste suerte de su novia, decidió hacer penitencia y vivir en la más absoluta pobreza—  concluyó Nonato. Después de un corto silencio, Clotilde pide una explicación.

—Si así fuera, ¿cómo es que nadie lo ha escuchado hablar?— antes que alguno de los involucrados en la conversación dijera algo, Marucha levantó la mano como si estuviera en la escuela y dijo:

—Yo lo he escuchado—  la sonriente y risueña Marucha se turbó un poco al contemplar uno a uno los rostros de sus familiares llenos de expectativa, esperando sus palabras. Se quedó callada por varios segundos hasta que su tío Nonato la anima.

—Ya pues Maruchita no nos dejes con la miel en los labios—  dijo el viejo acariciándola con sus encallecidos dedos. Marucha recobra su habitual buen humor y empieza a contar de su encuentro con el Chichero

—Yo estaba por el molino de don Eleodoro y me venía para la casa con un atado de leña. Estaba sudando y cansada y me senté en una piedra; cuando he levantado los ojos, lo he visto: se había bajado de su mula y tenía un cucharón de chicha en una mano y un jarro en la otra, ha echado la chicha al jarro y me lo ha alcanzado mirandomé con mucho cariño.

—¿Y tú le recibiste?— preguntó ansiosa su madre.

—Si, apenas me acercó el jarro yo lo cogí  y me la he tomado rapidito porque estaba muy rica y fresca. Cuando terminé le dije que muchas gracias y le pregunté que cómo se llamaba.

—¿Y qué te contestó?—  pregunta su padre muerto de curiosidad

—Mi nombre no importa por ahora—  me dijo  —veo que te ha gustado mi chicha. Cada vez que tengas una gran sed, yo estaré allí cerca tuyo. Me pasó sus dedos por mi cara y se fue. Yo me sentí muy tranquila y muy feliz y no sabía por qué.

—¿Y por qué nunca me lo contaste?—  reclamó Clotilde.

—No sé por qué. Creo que me olvidé—  contestó Marucha encogiéndose de hombros.

 

 

Sarachadores, canasteras, yuntas y demás

 

         Pasaron algunos días. En las chacras de don Braulio Ticona había mucha gente contratada para la cosecha de papas. Marcos Taipe estaba decidido a ir y estaba animando a su cuñado Plácido.

—Ya pues cuñao, animaté. Ya por aquí no tenemos nada qué hacer hasta dentro de cuatro meses—  le decía Marcos.

—Ese Braulio es un abusivo, paga la miseria de 8 soles trabajando de sol a sol—  replicaba Plácido.

—Yo también quiero ir, estoy de vacaciones—  interrumpió la Marucha que estaba escuchando atentamente  —no me importa si me pagan un sol, ¿puedo ir papá?

—Ya veremos, ya veremos— fue toda la respuesta de Marcos.  —Si tu tío va, creo que puedes ir. Ya ves Plácido, de ti depende que tu ahijada se gane unos centavos. Ella puede trabajar como canastera y nosotros como sarachadores, creo que tu primo Anselmo también quiere costalear.

—Eres muy astuto, Marcos. Ya metiste  a la Marucha en todo esto. Está bien...iremos pues. Y con un trago de cañazo cerraron el acuerdo.

—Traeré algo de plata para comprarle unos libros y cuadernos a la Marucha y unas calaminas para la casa—  le explicaba Marcos a su mujer.

—Y si alcanza, unos zapatitos para mi Marucha y mi Alberto, no me gusta que anden patajalas --  replicó esperanzada su mujer.

—A ver pues cuántos días dura la cosecha. Dicen que don Braulio compró y alquiló muchas tierras y que hay como para 10 yuntas.

Cutervo

 

         El administrador de don Braulio era Porfirio Espinoza, más conocido como Cutervo; le pusieron ese nombre porque era oriundo de aquel lugar de Cajamarca. Se ufanaba de manejar el machete de tal suerte que podía pelar una papa delicadamente o degollar un carnero de un solo golpe, amén de atravesar a cualquiera que le ofrezca pleito. De unos 45 años, talla mediana, nariz y labios gruesos, amplia frente, casi calvo, ojos pequeñitos y con unas cejas superpobladas que se   unían al centro. Llamaba la atención su cara: era casi un círculo, en fin, un rostro como para no olvidarlo. Calzaba botas que alguna vez fueron marrones, sombrero negro y un poncho azul muy extraño por el color. El decía que se lo habían tejido sus tías allá en Cutervo.

—Así que trabajarías hasta por un sol, ¿ahh uj-sulcha? —  Marucha temblaba delante de Cutervo.

—Si don Porfirio, yo puedo trabajar como la gente grande pero me contento con un sol.

—Está bien pues, uj-sulcha, quedas contratada—  corrobora Cutervo.

—Gracias don Porfirio pero no me llame uj-sulcha. No me gusta.

—Respondona la señorita....

—Ella no le va a causar ningún problema, don Porfirio, es solo una niña—  interrumpió rápidamente Plácido, quien tomó de la mano a su ahijada y la alejó de allí.

 

El “Chichero”  y la esmeralda

         Era un día de cielo límpido y el sol caía fuerte en las chacras de don Braulio. Había 10 yuntas y mucha gente trabajando: hombres, mujeres y niños. Cada yunta operaba con 20 recogedoras y en una de ellas estaba Marcelina, una tía de Marucha, quien al saber que su sobrina iba a trabajar, la buscó hasta que la encontró.

  Marucha, vení a trabajar de canastera en mi yunta. Tu prima Jacinta también va a canastear en esta,  contigo serían 6 y con eso quedamos cabalitos.

         Marucha estaba muy contenta de trabajar en familia. Su padre y sus tíos Plácido y Anselmo estaban de costaleros o sarachadores, encargados de llevar los costales de papas a los montones, donde la papa era seleccionada de acuerdo a su tamaño y su estado.

         El pedazo que le tocó a Marcos y su familia lindaba por dos de sus costados con pequeñas elevaciones de terrenos eriazos y pedregosos, llenos de espinas y matorrales, de modo que se sentían un poco aislados. A medida que se acercaba el medio día el calor era agobiante. Los costaleros estaban empapados de sudor, lo mismo que las canasteras. En sus pensamientos solo rondaba una frase:  —¿dónde habrá un poco de agua?

         De pronto, las pisadas de unos cascos sobre el terreno pedregoso se sintieron con toda claridad y todos volvieron los ojos hacia el baldío. Como por encanto y sin saber cómo, apareció el misterioso jinete: el Chichero. Marucha lo reconoció de inmediato y se le acercó decididamente, con toda la confianza del mundo.

—¡Hola, señor!—  el jinete bajó de su mula, se dirigió directamente hacia Marucha y cuando la tuvo al frente, rozó su rostro con su encallecida mano, sin que desapareciera su fresca sonrisa. Marucha pudo apenas percibir un rictus de  sonrisa en el rostro del Chichero en tanto este le decía:

—Parece que me esperabas—  musitó, mientras metía su cucharón en el cántaro de chicha  —toma, Marucha.

—¿Y cómo sabes mi nombre?—  respondió Marucha sin vacilar mientras saboreaba la fresca chicha.

—Algún día te lo explicaré. Ahora llevaré chicha a tu familia y a otros más que estén sedientos.

—¿También sabes que mi familia está trabajando aquí?

—Si, lo sé—  el Chichero hizo una pausa, metió su mano en uno de sus bolsillos y extrajo una esmeralda del tamaño de una pepa de durazno pero que a Marucha le pareció un simple vidrio verde.

—Te voy a obsequiar esto, Marucha, no lo pierdas ni avises a nadie de su existencia—  Marucha, que no conocía de piedras preciosas, le pregunta:

—¿Qué es esto, pue?

—Esta será la Piedra de la Alianza. Cuando estés en algún problema grave, tómala en tu mano y pide con toda tu mente a la Virgen de las Nubes que te ayude. Ella lo hará.

—¿Y tú la conoces?

—Si, la conozco desde siempre.

—¿Y es buena?, ¿no se molestará?

—Si, es la más buena de todas, ella nunca se ha enojado en su vida y nunca lo hará.

—Está bien, señor. Muchas gracias. 

         El Chichero  se alejó en dirección a los sarachadores.

 

Nubes negras sobre cielo azul

 

         Han pasado tres días y Cutervo se encontraba como siempre recorriendo a caballo las diversas parcelas para asegurarse que todos trabajen. Al pasar al lado de las canasteras vio a la linda Marucha que cargaba su canasta mientras cantaba “Ponchito Rojo”, un huaynito de moda

                   (Ponchito rojo

                   lechucero como yo...

                   estate muy listo

                   que esta noche

                   estamos de jarana)

Cutervo se dio cuenta que era muy voluntariosa y alegre y pensó que podría trabajar en su casa ayudando a su mujer ahora que ella había abierto un tiendecita en el pueblo.

—¡Hola, Marucha, qué bien trabajas y qué contenta,… muy bien, muy bien!—  Marucha lo miró de reojo pero siguió caminando hacia el final de la fila, donde la esperaba su tío Anselmo que era sarachador (costalero), luego que vació su canasta, regresó al surco, ante la mirada interrogativa de su tío que no estaba acostumbrado a verla tan seria y preocupada.

         Antes que llegue al surco, le salió al paso Cutervo.

—Marucha, si tú quisieras podrías trabajar menos y ganar más, bajo techo y con comida—  se bajó lentamente de su caballo y agregó  —¿qué dices?—  Marucha levantó la mirada. Cutervo no le caía bien, le daba miedo y repulsión; por eso, venciendo sus temores solo atinó a decir:

—Aquí estoy bien, don Porfirio, quiero estar junto a mi familia.

         La respuesta sonó molesta y malcriada a Cutervo, acostumbrado como estaba a ser aceptado sin réplicas debido al temor que inspiraba. Intentó no hacer caso a lo que había escuchado e insistió.

—Vas a trabajar en mi casa, ayudando a mi esposa, tenemos tres hijos y ella ha puesto una tienda en el pueblo, si quisieras también puedes ayudar en la tienda—  Marucha se armó de valor para contestar.

—No, gracias señor, aquí nomás me quedo—  y diciendo esto reinició su camino al surco.

         Cutervo comenzaba a exasperarse, las palabras de Marcucha le sonó  como a desaire y como un  mal ejemplo para los demás. Alzando el tono de su voz, le ordenó detenerse.

—¡Marucha, oye...espérate mocosa!—  lejos de detenerse Marucha empezó a correr sin soltar su canasta, Cutervo corrió tras ella logrando cogerla de un brazo y detenerla. Marucha temblaba como una hoja.

—No seas porfiada mocosa y aprende a obedecer si quieres seguir trabajando— le advirtió

         Marucha estaba a punto de llorar cuando vino a su mente La Piedra de la Alianza; la buscó en el fondo de su taleguita, la apretó con fuerza y pidió a la Virgen de las Nubes que la ayudara. El límpido cielo pampacolquino fue surcado velozmente por un rayo verde que fue a parar a la mano de Cutervo que estaba presionando el brazo de Marucha, un grito de dolor y de terror salió de la garganta de Cutervo soltando inmediatamente a Marucha, quien al verse libre emprendió veloz carrera. De pronto, se detuvo en seco porque en su delante apareció alguien muy grato para ella: el Chichero, estaba de pie y le sonreía; sin pensarlo dos veces, Marucha se abalanzó contra él y lo abrazó fuertemente sollozando, permaneciendo así unos instantes sin mediar palabra. Luego, el Chichero empieza a hablarle para consolarla y tranquilizarla.

—Lo sé todo, no me cuentes nada. Has hecho bien en pedir ayuda a la Virgen de las Nubes. Si Cutervo te sigue molestando, vuélvela a llamar, Ella te volverá a ayudar—  como impulsada por un resorte se desprende de él y le pregunta.

—¿Y cómo tú sabes todo eso?

—Ya te he dicho que un día lo sabrás...

—¿Tampoco me vas a decir tu nombre?—  insiste Marucha con la mejor de sus sonrisas. El Chichero acaricia la cabecita de Marucha y responde sonriendo.

—Puedes llamarme Manuel—  diciendo esto, se retira.

—Ahh...¿Manuel?—  repitió Marucha.  En esos momentos se acerca el tío Anselmo que acaba de cruzarse con Manuel el Chichero.

—¿Pasa algo, Marucha?, he visto pasar a Cutervo a todo galope y con una cara de demonio...

—Tío Anselmo, el señor Cutervo ha querido que trabaje en  su casa,  —te voy a pagar más— dishendo y que si no quería trabajar en su casa, podía trabajar en su tienda del pueblo...

—¿Y tú que le has contestado?

—Que no, que yo quiero estar al lado de mi familia.

—¡Qué sonsa!, hubieras aceptado puese... si te va a pagar más...

—¡Ay tío! ¿cómo me dices eso?—  Anselmo no quiso que pasara de una broma y cambió la conversación.

—Bueno, ¿y cómo terminó la cosa?

—Como él seguía hablandomé para convencerme, yo empecé a correr y el tras mío hasta que me alcanzó y me jaló de un brazo.

—¡¿Qué cosa, carajo?!—  exclamó Anselmo indignado  —¡que tal abusivo!, ¿y cómo te hiciste soltar?—  Marucha se turba por un momento pensando que no debe hablar nada de la Piedra de la Alianza.

—¿Ahh?...este... apareció Manuel y me soltó.

—¿Y quién es pué  Manuel?

—Es el señor de la chicha.

—¿Manuel?—  repite Anselmo  —primera noticia....—Manuel—, vuelve a repetir  —mira ahí va justamente ese Manuel, ya se está yendo parece; nos ha dado chicha a todos. La verdad que es buena esa chicha.

—El también es muy bueno, me protege, conversa conmigo y hasta se ríe.

—Qué raro, yo no lo he visto conversar con nadie...en fin, pero si te protege, está bien pué.  Bueno, volvamos al trabajo

         Cutervo llegó a su casa de muy mal humor con la mano afectada cubierta por un trapo. Apenas pudo, examinó su herida: parecía una quemadura circular del tamaño de una moneda de 10 céntimos, no sangraba y parecía ya cicatrizada, cosa que llamó mucho la atención de Cutervo. No quería ceder paso al temor y a la superstición que para un  hombre de campo como él, podrían haber sido sus primeras explicaciones.

—¿Qué mierda habrá pasado?, ¿de dónde salió el maldito rayo?....puta que me dolió bien feo—  se queda por un instante callado y luego sigue hablando en voz alta.

—Esa mocosa no se saldrá con la suya....carajo, a mi no me va a basurear la mierdecita esa. En cuanto a ese huevas del Chichero ...¿de dónde mierda apareció si todo es pampa? Y ahora resulta que la niña lo abraza como si fuera su padre. ¡Ahh… ya sé!, en cuanto lo vea le voy a prohibir que entre a las chacras de don Braulio, así la Marucha no tendrá quien la defienda.

———————————-

 

         Marucha trabajaba ahora más contenta que de costumbre porque se sentía doblemente protegida: por la Virgen de las Nubes y por Manuel.

         Pero su alegría no le duró mucho. Una tarde, Cutervo se le plantó en su delante en actitud desafiante.

—Todo el que viene a trabajar aquí tiene que estar dispuesto a hacer lo que se le ordene, el trabajo es el trabajo y por eso se les paga—  Marucha seguía llenando su canasta de papas   y no se daba por aludida.

—¡Contigo hablo, Marucha!—  bramó en el pico de la exasperación—  Marucha se sacudió por el tremendo grito.

—Buenas tardes, don Porfirio—  dijo Marucha levantando apenas su cabeza. Cutervo, por experiencias anteriores estaba seguro que con la amenaza de botarla del trabajo, Marucha iba por fin a acceder a sus pretensiones.

—¡Marucha!, ¿has escuchado lo que he dicho?

—No muy bien... es que....con el trabajo...

—Te lo diré una vez más. Todos aquí están bajo mis órdenes, yo dispongo cómo y dónde deben trabajar, así que escoge: o trabajas en mi casa o te vas a la tuya—  Marucha se quedó sorprendida de la terquedad de Cutervo pero sus ideas eran muy claras. Cutervo estaba ya preparando una sonrisa paternalista para recibir la aceptación de Marucha, de modo que su respuesta lo sacó de cuadro.

—Me iré a mi casa, señor—  dijo con firmeza. Cutervo lanzó una maldición pero luego, llevado por el orgullo y su superioridad, quiso restarle importancia a la decisión de Marucha.

—Está bien, vete en este momento. Hay mucha gente que quiere venir a trabajar. Esto saco yo por ser bueno con gente malagradecida. ¡Vete, vete!.

         Marucha dejó la canasta que estaba llenando, recogió su atadito personal y le hizo una señal de despedida a la mujer que estaba escarbando y que  miraba todo de reojo por el tremendo miedo que le infundía Cutervo. Empezó a caminar ligero ante la aparente indiferencia de Cutervo, de pronto se detuvo, volteó y se dirigió directamente a él.

—Don Porfirio, esta semana he trabajado tres días sin contar el día de hoy; me debe usté  tres soles—  Cutervo sonrió con aire triunfal, con gesto parsimonioso metió sus dedos a la “secreta” de su pantalón y extrajo tres monedas de a sol, acto seguido y acentuando  su sonrisa tomó con la otra mano tres piedritas y le dijo 

—Esto es lo que has ganado (alzando la mano con las monedas) ...¡pero esto es lo que te mereces!—  y uniendo la acción a la palabra,  le lanzó las tres piedras a sus pies con burlona carcajada.

         Mientras Cutervo hacía sus grotescas demostraciones Marucha presionaba en su mano la Piedra de la Alianza é invocaba la ayuda de la Virgen de las Nubes. Otra vez un rayo verde bajó del cielo e impactó primero, en  las tres piedras  que Cutervo había lanzado a los pies de Marucha convirtiéndolas en oro puro, de allí el rayo saltó a la mano de Cutervo que sostenía aún las tres monedas de a sol, convirtiéndolas en tres piedras candentes que tuvo que tirarlas al  suelo gritando de dolor y maldiciendo a más no poder. Estos fenómenos se realizaron tan rápidamente que Cutervo no alcanzaba a comprender qué había pasado y menos aún, no sabía que las tres piedras que lanzó a los pies de Marucha se habían convertido en tres piezas de oro puro. Marucha se agachó para recogerlas  mientras que Cutervo metía su mano a la acequia para refrescarse. En esos momentos, aparece Manuel. Al verlo, Cutervo estalla.

—¡¿Otra vez tú?!, don Braulio no quiere que entras a sus chacras, carajo,  así que... ¡largo!—  ordenó altaneramente.

—No puedo ahora, tengo que hablar con Marucha—  fue la tranquila respuesta de Manuel.

—Cállate vago de mierda y lárgate si no quieres que te saque a patadas—  replicó Cutervo, Manuel bajó de su mula y se dirigió a Marucha.

—¡Detente, maldito Chichero!—  exclamó Cutervo fuera de sí al mismo tiempo que le tiraba un puntapié que nunca llegó a destino porque Manuel desapareció de donde estaba y reapareció al lado de Marucha. Cutervo cayó al suelo producto del fallido impulso y desde allí le lanza una segunda amenaza a grandes gritos de tal modo, que algunos trabajadores se acercaron un poco.

—¡Como no desaparezcas  en este momento, te mato!— rugió. Más gente se iba acercando, la curiosidad los hizo desafiar las iras de Cutervo, el mismo que a la sazón había empuñado ya su filudo y legendario machete. Manuel estaba ahora parado apoyado a un aliso

—A ver si sales de esta Chichero—  y lanzó un terrible machetazo con destino a la yugular del  Chichero (Manuel) pero “se fue en caldo” porque el Chichero había desaparecido y el machete terminó incrustado en el aliso tan firmemente, que inútiles fueron los esfuerzos de Cutervo por recuperarlo. Al escuchar las primeras risas burlonas, Cutervo reacciona violentamente.

—¡¿Qué mierda hacen ustedes por acá?!, ¡vayan todos a trabajar o los boto en este momento, hijos de puta!                                                                    

         La gente le obedeció inmediatamente mientras que Cutervo hacía un último intento de sacar el machete. Vencido y ridiculizado montó su caballo y se alejó a todo galope pasando delante de Marucha y de Manuel (que había reaparecido), sin mirarlos.

—Seguro que ya sabes todo lo que pasó—  dijo Marucha, convencida que Manuel lo sabía todo.

—No te apenes Marucha, dentro de pocos días retornarás a tu trabajo y Cutervo ya no estará más, porque va a llegar alguien que trabajará para que no haya injusticias en este pueblo.

—¿Y quién es pué  ese señor?—  pregunta Marucha toda intrigada por la inesperada revelación.

—Se llama Rubén y llegará mañana en la combi de Aplao— responde Manuel. Marucha lo mira contemplativamente y en silencio, como midiendo cada palabra que va a decir.

—Tú lo sabes todo ¿no Manuel?, me dijiste que me ibas a contar lo de la Virgencita y tú—  Manuel guardó silencio por unos segundos y luego dijo secamente:

—Ella es mi mamá. Pero no lo cuentes a nadie todavía—  al comprender Marucha de Quien se trataba, cayó de rodillas y cogiendo la rudas manos de Manuel las cubrió de besos mientras repetía en voz baja.

—¡Eres Jesús, eres Jesús!—  lágrimas de emoción y de una alegría indescriptible sacudían el cuerpecito de la frágil Marucha. En esos momentos, Manuel desapareció.

         Plácido, a quien algunos compañeros le habían contado lo de Cutervo y Marucha, se acercaba rápidamente ahora que ya no estaba el temido capataz.

—Estás llorosa y temblando ¿qué pasó muchacha?—  dijo al llegar. Marucha quería ordenar sus pensamientos porque había cosas que podía contar y otras que nó. Mientras pensaba, Plácido reparó en el machete incrustado en el aliso.

—¿De quién es el machete?

—De don Cutervo.

—¿Y qué hace ahí clavao pué ?

—Es que don Cutervo quiso matar a Manuel.

—¿Y quién es pué  Manuel ?

—Manuel es el Chichero, tío. Le voy a pedir un favor, yo ya me voy para la casa, digalé a mi papá y a mi tío Anselmo que allá les explico todo.

—¿Pero qué pasó, muchacha—  insiste Plácido en tanto Marucha se dispone a irse.

—Pronto lo sabrá, tío—  le dice Marucha mientras se aleja.

 

Rubén

         Rubén era un limeño cuya familia toda era pampacolquina y que, llevado por el gran cariño a la tierra de sus padres,   había visitado en muchas ocasiones “la santa tierra” como decían los pampacolquinos. Tenía muchos conocidos, amigos y parientes que hacían que su estancia en esos lares fuera siempre placentera, gratificante y sobre todo muy ilustrativa. Rubén no dejaba de aprender algo cada día que pasaba con los suyos y para ello mantenía largas conversaciones con todos ellos, motivo por el cual era siempre bienvenido y solicitado cada vez que llegaba.

         Pero en esta ocasión hubo un motivo muy especial pues se trataba de un profundo e insistente llamado interior del cual prácticamente no podía sustraerse.          Rubén había ya “arreglado su vida” de tal manera que le permitiera lograr antiguos y nuevos objetivos que siempre habían jalonado su existencia. Tenía 46 años, soltero y a la vista del promedio de los peruanos, era otro peruano más, es decir, un tipo sin particularidades. Había alcanzado alguna seguridad económica y una expectante perspectiva profesional que hacía aún más incomprensible para muchos de sus amigos su repentina decisión de retirarse de la vida laboral, vender su casa y dedicarse a vagabundear por todo el territorio peruano. Por eso, al sentir este poderoso llamado, no vaciló un instante y preparó sus maletas inmediatamente.

         Hizo un alto en Camaná para visitar a la tía Manuelita, quien había quedado viuda al fallecimiento del tío Adolfo, hermano de su madre Felícitas Medina Vera.

—Cuando se siente un llamado tan poderoso, hay que aceptarlo y cumplirlo—  le aconsejó la tía Manuelita en el momento de la despedida. Un empleado de la tía lo llevaría en la camioneta hasta Aplao, para que allí tomara la combi a Pampacolca.

—Gracias por el aventón tía, que Dios te bendiga.

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—Señor Rubén, buenas tardes—  Marucha también había sentido un poderoso llamado interior que la impulsó esa tarde a concurrir a la Plaza Grande, donde debía llegar la combi de Aplao.

         Rubén miró muy sorprendido a Marucha pues a nadie participó de su llegada y más aún por ser una persona desconocida para él.

—Buenas tardes, jovencita, ¿cómo te llamas?

—Marucha me dicen. ¿ya sabe dónde alojarse?

—Sí, en el hotel de Mario Chávez, supongo que lo conoces.

—Si, está en la Plaza Chica, si quiere lo llevo—  Rubén pensó que se trataba de una chica que se ganaba unas monedas ayudando a los pasajeros con el equipaje. Al verla tan menudita, Rubén le responde.

—Bueno, llévame allá pero yo cargo el equipaje pesado y tú lleva mi cámara fotográfica—  Se pusieron en camino y Rubén, que todavía no entendía por qué  ella sabía su nombre, le pregunta.

—¿ Y ahora dime, ¿cómo me conociste y cómo sabes mi nombre….?—  habían ya llegado a la puerta del hotel, al frente del cual había una mole de cemento que en un tiempo fue parte de una escalera, solo tenía dos peldaños en uno de los cuales se sentó Marucha, Rubén se sentó frente a ella en el batiente de la puerta del hotel. Acomodándose lo mejor que pudo, Marucha quiso contarlo todo a Rubén.

—Don Rubén, le voy a contar la historia de un señor Manuel—  El vitalizante sol pampacolquino  entibiaba la frágil espaldita de Marucha quien en algo más de dos horas puso a Rubén al tanto de toda su vida desde que conoció a Manuel. Mientras tomaba una refrescante limonada mandada a preparar por Rubén, Marucha contó con lujo de detalles las apariciones del rayo verde, de la Piedra de la Alianza, de las piedras transformadas en oro y del machete incrustado en el aliso y que hasta ahora nadie había podido sacarlo

--Todos han intentado sacarlo del aliso pero ni el más fuerte lo ha logrado, ni entre dos pueden y hasta apuestas hacen --  comentaba Marucha.

         Al percatarse Bina, la esposa de Mario, que Rubén estaba  sentado con su equipaje en plena calle, lo invita a pasar.

—Pase usted don Rubencito, ya empieza a hacer frío, pasa tu también Maruchita.  Rubén saluda efusivamente a la buena Bina y todos pasaron primero a la tienda, donde Bina, con la rapidez de siempre,  hace un brindis junto con otros amigos por la llegada de  Rubén.

—Que tenga usted una buena estadía y a ver pué don Rubencito si se consigue una pampacolquina—  la ocurrencia fue ruidosamente festejada hasta por el mismo Rubén.

         Un poco más tarde y ya instalado, Rubén le dice a Marucha.

—¿Qué te parece si mañana domingo me vienes a ver y me llevas a Chicota donde el famoso aliso?

—Muy bien, don Rubén, pero primero iremos a mi casa para que tome desayuno, ¿ya don Rubén?

—Pero no sé si tus padres....

—Mi mamá me ha pedido que lo invite porque yo le conté que iba usté  a llegar...y además,  quedó muy agradecida cuando supo que debido a usté voy a regresar a mi trabajo y ....

—Está bien, está bien, Marucha, mañana domingo desayunaremos junto con tus padres.—  respondió el apabullado Rubén.

         Esa noche, Rubén se dio un tiempo para visitar a su entrañable amiga Paola Lazo. Era una hermosa noche, el astro nocturno  se recortaba brillante e insinuante en un azul tachonado de estrellas que con su constante parpadear, parecían dejar mensajes de amor a este pueblo de tan nobles tradiciones y de promisorio futuro.

--No podía haber encontrado un mejor marco nocturno para visitarte, Paolita.--  La aludida Paola que se encontraba absorta sacando algunas cuentas, levanta su rostro siempre sonriente y acogedor,

--¡Rubencito!...pero qué sorpresa, pensé que ya te habías olvidado de…los buenos amigos.

--No, no digas eso, jamás olvidaré lo buena que fuiste conmigo. Tus reflexiones me ayudaron mucho a ver mi realidad.

--Ayyy, Rubencito…de eso hablamos más tarde, OK?. ¿Qué te trae por aquí?--  Con ganas de juguetear un rato, Rubén le responde,

--Ya lo ves…visitarte.

--Ya pues, Rubén… en serio. ¿Qué hay de nuevo?

--Paolita, tengo algo que contarte. Y entre copitas y copitas de anisado, Rubén contó todo lo de su sueño y lo que Marucha le confió esa tarde.

--Mañana iré a ver a sus padres y de allí nos iremos a Chicota.

--Después de todo lo que me has contado, yo también quiero ir--  apuntó Paola.

--Todo el que quiera puede ir…--   bromea Rubén

--Gracias por tu amable invitación--  bromea también Paola.

 

 

 

Aquel que saque el machete...

 

—¡Qué bárbaro!, creo que nunca había desayunado tan delicioso, señora Clotilde—  Rubén agradecía así a la mamá de Marucha  por todas sus atenciones.

—Venga usté pue siempre, don Rubén, esta es su casa, aunque humilde y probe...

—Te aseguro Marcos que ahora que he compartido este desayuno con ustedes, me he dado cuenta una vez más cuál es y dónde está la verdadera riqueza—  aunque no comprendió lo que quiso decirle, Marcos le palmeó la espalda, atajando sus buenas palabras.

—Vayamos ya antes que se haga tarde, propuso Plácido quien también participó del desayuno.

         Cuando el pequeño grupo llegó a la puerta del hotel de Mario, este se encontraba conversando con su vecino Javier Vizcardo, además de Oscar Gamero, Antonio Medina, Gary Pascuali y Felipe Gamero.

         Al percatarse que Rubén venía con los Taipe, quisieron esperarlo para “hacerle la llegada”

—Así que a usté  le gusta llegar sin avisar, ¿no primo?—  el negro Oscar lo emparó de esta manera y agregó  —pero de la “llegada” no te escapas, primito.

—Como ustedes quieran—  respondió Rubén mientras les daba la mano a cada uno de los presentes  —pero será después de regresar de Chicota.

—¿No me digas que tu también vas a intentar sacar el machete de Cutervo?—  preguntó jocosamente Javier. Pero Marucha, que estaba atenta a todo, respondió por él.

—No va a hacer la intención...él lo va a sacar—  rubricó con firmeza.

—¡Buena, Maruchita!—  le dice Antonio aplaudiendo  —así que ya eres hincha de mi primo, muy bien, muy bien.

—¿Y quién habla de esperar?—  pregunta Felipito  —¡vamos todos a Chicota, a ver si es cierto!—  todos aprobaron a coro pero una voz atrasada puso la nota hilarante.

—¡Yo también quiero ir!—  era la voz de Manolito, el hijo menor de los Chávez. Bina y Mario le dieron el permiso, pero como ellos tampoco querían perderse el espectáculo....fueron los tres.

         Cuando el grupo partió, se les unió en el camino Simón Vera, Edgar Luque, Daniel Portocarrero, Paola Lazo, Víctor Hugo Gamero, Enrique Vizcardo, Carlos Ballón, Javier Ballón, José Emilio Rodríguez, Beto Gamero y Germán Chávez.

         Cuando llegaron al lugar, Rubén estaba rodeado por lo menos de 20 personas.

¿Sabía usté que hasta comba le han metido al maldito machete?—  le dice don Germán Chávez. Rubén creyó necesario dar un poco a conocer el fondo de todos estos acontecimientos antes que se convirtieran en un espectáculo frívolo.

—He querido venir aquí para conocer el lugar donde Marucha fue víctima de una gran injusticia y donde también se desarrollaron hechos sobrenaturales. Lo de la injusticia ya lo conocen ustedes pero “esto” no lo habían visto—  Rubén les enseñó las tres piezas de oro y finalizó  —estas piezas de oro fueron en realidad tres piedras con que Cutervo quiso pagar a Marucha por su trabajo y las tres monedas que el sinvergüenza le  enseñó a la niña para burlarse, se convirtieron en tres piedras candentes que le quemaron la mano.

—¡Virgen Santísima!—  exclamó Bina  —¡esto es un milagro!

—El mensaje es clarísimo: La Virgen de las Nubes no quiere más injusticias en este pueblo y Ella lo ha  escogido para un destino superior—  añadió Paola Lazo.

—¿Y cómo saben que se trata de la Virgen de las Nubes?—  pregunta Bina.

—Le fue revelado a Marucha por un personaje que por ahora quiere permanecer en el anonimato--  explica Paola

—Cada vez que yo pronunciaba su nombre pidiendo ayuda, Ella lo hacía inmediatamente—  contaba Marucha a la gente.

—¿Maruchita, ¿y quién pué te recomendó a esa Virgencita?—  Oscar, como siempre, puso la nota distendida y todos rieron de buena gana.

—Ya pues Rubén, ahora veamos qué relaciones hay entre ese machete que no sale y los otros sucesos sobrenaturales, ¿no te parece? Así que manos a la obra—  dijo Pepemilio como siempre : categórico y contundente.

         Muy lejos estaba Rubén de hacerse el rogado y empezó a caminar derecho al aliso mientras un murmullo de animación llenaba el lugar, pero cuando puso la mano en la empuñadura del machete, un silencio profundo llenó el lugar y la expectativa llegaba ya  al grado de ’grito contenido.’ Rubén tiró muy suavemente ¡y el machete quedó libre en sus manos!. Una cerrada ovación retumbó en Chicota y un hecho muy extraño en que pocos repararon fue protagonizado por algunas palomas, gorriones y otras avecillas que se encontraban en el aliso observando lo que pasaba: todas ellas permanecieron en sus puestos a pesar del tremendo escándalo del gentío.

—Es muy extraño esto—  comentaba Edgar a Mario Chávez —algo muy especial está pasando con este asunto de las piezas de oro, de las monedas, de las quemadas de Cutervo, del machete y ahora lo de las aves.

         Un solitario observador oculto por unos matorrales, maldecía a Rubén por haber realizado tal hazaña.

—Ese Rubén me va a traer problemas, dice que va a hacer justicia...pero tranquilo... todos los limeños son puro blablabá—  Era Cutervo.

—Todo lo que ha sucedido y esto más, no son si nó milagros de la Virgen de las Nubes—  dijo otro

—Creo que la Virgen quiere proteger a Pampacolca... ¡hagámosle una capilla!—  propuso Edgar Luque.

—La Virgen de las Nubes será nuestra Reina de la Justicia—  dijo emocionada Clotilde, abrazando a su Marucha.

—¡Ella nos defenderá de los abusivos como Cutervo!—  exclamó Aníbal Ticona, un humilde campesino muchas veces humillado por Cutervo.

         En vista que todos los presentes tenían un gesto de aprobación en sus rostros, Edgar se atrevió a hacer una propuesta.

—Aquí se encuentra lo más representativo de nuestro pueblo—  dijo en tono solemne  —¡formemos un comité ahora mismo  y comprometamonós  a construír una capilla para la Virgen de las Nubes!—  la osada propuesta cayó muy bien en un pueblo ávido de grandes emociones y proyectos. Por eso, después de unos segundos de vacilación, los aplausos y los vítores pusieron la nota aprobatoria a la propuesta de Edgar.

—¡Y que la presida el amigo Rubén!—  Germán Chávez estaba seguro que Rubén no rechazaría el pedido, su intuición nunca le había fallado.

         Ahora todas las miradas convergían hacia el hijo de don Pascual esperando una respuesta. El no era indiferente ante esta posibilidad porque en las vivencias que estaba experimentando se iba consolidando el compromiso con el llamado que lo llevó a Pampacolca. De manera que bastó una tierna y convincente mirada de la pequeña Marucha para que Rubén, con la voz emocionada pero firme dijera :

—¡Si, acepto!—  nuevamente los aplausos, los vivas y los abrazos convirtieron a este tranquilo paraje de Chicota en una bulliciosa tribuna de expresión popular.

—Así pué debíamos juntarnos para hablar no tanto de nuestros problemas si no de nuestros proyectos—  Mario Chávez dejaba traslucir en estas palabras su espíritu emprendedor y positivo.

         Después de una democrática votación, el Comité quedó conformado por: Javier Vizcardo, Paola Lazo, Marcos Taipe, Oscar Gamero, Gary Pascuali, José Emilio Rodríguez y Víctor Hugo Gamero.

—Quiero agradecer a los flamantes  integrantes del Comité, especialmente saludar la presencia de Paolita pues ella tiene mucha experiencia organizativa y porque su participación asegurará la pronta cristalización de nuestro proyecto: La Capilla—  Rubén creyó necesarias estas palabras protocolares y ...algo más:  --Ahora vamos todos al pueblo donde tendré el gusto de ofrecer un brindis...

—¡Un momento, un momento, primito!—  interrumpió el negro Oscar poniendo la palma de su mano al frente como policía de tránsito  —¡será usté  todo un presidente del Comité y habrá sacado la espada, el machete o como se llame, de ese arbolito, pero quien va a invitar a todos a mi café… ¡soy yo!... además, todavía no lo he inaugurado y necesito un padrino y por qué nó…una madrina también, pué. Otrosí:  no te hemos hecho la llegada primo, así que….¡¡ vamos pa’ allá carajo!!

 

           Ponchito Rojo, Profesorita y otros más...

 

         Apenas el entusiasta grupo llegó al pueblo, corrió la noticia que Rubén había sacado el machete del aliso y que Pampacolca iba a tener una quinta capilla: la de la Virgen de las Nubes.

         En la casa de Oscar se dio el protocolar brindis y luego “se soltaron los perros” y la jarana empezó con mucho  humor, tragos, tamales, canciones y bailes. Oscar no perdía la oportunidad de recomendar a cuanta dama se quejara del frío de la noche, su famosa “frazada con orejas”. Al grupo se unió el “gato” Cornejo, excelente guitarrista y cantor, los Minaya  y  Daniel Portocarrero, heredero del buen nombre, del toque y del canto de su padre, el tío Heraclio Portocarrero. Como no podía ser de otra forma, esa noche se cantó:

Ponchito Rojo:

                   (...lo que más me gusta de tí

                   es que has sido hilado y tejido

                   por las manos de mi amada)

 

Profesorita,

                   ....ese rio de Andahuaylas

                   casi casi me ha llevado

                   y una linda profesorita

                   de sus aguas me ha salvado.

 

ambos ejecutados por Los Minaya.

         Cuando la sazón estaba ya en su punto, Mario Chávez invitó a su casa para “seguirla”.

—¡Auraré!!....suspiró Bina resignándose placenteramente a lo que vendría, pero al ver que Paola salía en dirección contraria, se extrañó un poco,

--¿Qué,…Paolita…, no vas a la reunión?

--Si, de todas maneras, lo que pasa es que estoy  yendo a cerrar mi tienda. Esta no me la pierdo, además hay que apoyar para la construcción de la nueva Iglesia.

--Ahhh….ahora sí--  Bina quedó más que conforme.

         Salieron todos a la calle, guitarra en mano y cantando hasta llegar a la casa de Mario. El era el tipo de anfitrión que nunca se rendía, que  podía seguir chupando aunque estuviera dormido. Gary hacía malabares con la guitarra y cantando en quechua huaynos apurimeños, mientras que Paola y Bina no se perdían un baile. Mario cerró su tienda y abrió por el garaje, que era un recinto muy amplio, aparente para bailar y deambular con la botella en la mano.

         Finalmente, la jarana terminó en la casa de Javier, donde no faltó un “levanta muertos” para los que ya estaban muy cansados y que luego se completó con un lechón al horno. Javier tuvo un trabajo extra: acomodar lo mejor posible a los que se quedaban dormidos.

         Al día siguiente, Rubén presentó denuncias escritas tanto a la comisaría como al  Juzgado de Paz contra Porfirio Espinoza (Cutervo), por abuso de autoridad, robo de salario y maltrato físico contra la menor María Taipe Meza. En el escrito al Juzgado, se demandaba también la inmediata reposición de la menor y el pago del salario adeudado, de acuerdo al monto fijado para el resto de trabajadores, esto es, a razón de 8.00 soles diarios.

         Apenas Braulio Ticona se enteró de lo sucedido en Chicota y de las demandas de Rubén, despidió a Cutervo y se apresuró a enviar un emisario a la casa de los Taipe para hacerles saber que Marucha podía regresar a su trabajo y que le iban a pagar todo lo adeudado, incluyendo el día que fue obligada a renunciar.

 

Un buen comienzo

        

Han pasado 25 días y se han realizado 4 reuniones del Comité, en cada una de ellas se dio cuenta de muchos aportes monetarios de ganaderos, agricultores, comerciantes, empleados, profesores, policías, etc.

—Tenemos mucho más de lo que podríamos suponer para un comienzo—  advirtió Paola en la última reunión que se celebró en su emblemática tienda. —Si tuviéramos un terreno ya podríamos hacer cimientos y levantar paredes.

         En respuesta, Rubén hizo una sorpresiva revelación ante el Comité en pleno y algunos observadores.

—Ya tenemos ese terreno, Paolita. Se trata de la casa que fuera de las hermanas Celinda y Elizabeth Vera.

—¡Esto está como la puta mare, primito!....pe... pe.. perdón Virgencita por la lisura, pero.... ¡hay que ponerle sal a la vida pues hermano!--  Oscar, con las manos juntas imploraba el perdón de la Virgen, en una actitud que hubiera hecho reír a la mismísima Virgen de la Nubes.

—¿Sal?, eso fue Ajinomoto, ají panca y rocoto todo junto, negro. Pero volviendo al punto, ¿cómo así adquieres el terreno si tú tienes pocos días en Pampacolca?—  preguntó Pepemilio a Rubén,

—Les haré otra revelación. Antes de venir, le dí poder a mi primo Felipe para que compre a mi nombre una casa o un terreno pues tengo pensado radicarme en este pueblo y esa es la casa que compró.

—¡Buena, buena!—  exclamaron todos

—Por lo que a mí respecta—  dijo Edgar  —te agradezco que hayas tenido este gesto de desprendimiento a favor de este pueblo que también es el tuyo. Creo que todo el pueblo te lo agradecerá en la medida en que se vayan enterando. Estoy seguro que a todos les dará mucho gusto que vengas a radicarte a la tierra de tus ancestros.

—Y dime primo—   terció Víctor Hugo  —¿esto significa que tendrás que comprar otro terreno ú otra casa para tí?

—Efectivamente, pero prefiero comprar un terreno o una casa abandonada. Pero estos son asuntos personales, hablemos ahora sobre lo que nos concierne.

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         En los dos meses posteriores, dos construcciones han acaparado el interés y el tiempo de los pampacolquinos:  La capilla de la Virgen de las Nubes y la casa de Rubén. La casa de Rubén se estaba construyendo en lo que fue la casa de sus abuelos y que logró recuperar después de una corta negociación. Estaba ubicada en la calle Tarapacá, en el sector conocido como La Capilla.

         El diseño de la Capilla de la Virgen de la Nubes fue encargado a un arquitecto amigo de Rubén, Ernesto Rubianes, otro atrapado por el encanto de Pampacolca. La concepción era atrevida. La capilla daba la sensación de ser un cúmulo de nubes dotadas de un ligero movimiento, la puerta principal también era una nube, es decir, vapor sometido a un acelerador molecular que impedía que el vapor pudiera mojar a cuanta persona pasara por la original puerta. Este vapor seco, estaba originado por el agua que refrigeraba  un mini reactor nuclear contínuo, dentro de una cápsula que podría denominarse minicentral de fisión atómica. La tecnología usada para este caso fue creada y desarrollada totalmente por peruanos.

         El altar dedicado a la Virgen de las Nubes, que estaba situado al lado derecho de la única nave era otro alarde de tecnología peruana. Una nube de similares características a la de la puerta, rodeaba a la imagen de la Virgen, pero para que la imagen sea visible, se usó un orientador de fotones  que hacía el mismo efecto de aquellos vidrios que solo dejan mirar de un lado. Contaría además, con un alterador de onda espectral, que continuamente estaría generando diferentes longitudes de onda que cambiaría el color de las nubes de acuerdo a un programa pre establecido.

         Los pampacolquinos, enterados de todos estos adelantos técnicos, no hallaban las horas de ver la obra terminada para poder enseñarla al mundo con legítimo orgullo; por ese motivo, los aportes para su terminación seguían llegando en regular cantidad.

        

         En cuanto a la casa de Rubén, que ya estaba casi terminada, no tenía el aspecto súper moderno que muchos imaginaron. Antes bien, Rubén se empeñó en conservar el aspecto de una casa solariega de fines del siglo 19 , hecha solo de adobes, madera, piedra y vidrio en los ventanales. Patios empedrados, zaguanes, poyos de piedra, grandes puertas labradas toscamente y sostenidas por pivotes. Asientos de madera pesada y de piedra, un gran tablero de madera cubría una plataforma de adobe y barro y fungía de mesa de comedor. Numerosos armarios (closets) de adobe forrados con madera estaban por toda la casa (sala de reuniones, biblioteca-estudio, dormitorios, patios, etc.).

         Pero Rubén no podía sustraerse a la tentación de usar  los grandes avances tecnológicos para ciertas actividades caseras. La provisión de agua caliente fluía desde una terma solar de características y materiales sin precedentes. El serpentín era una aleación cobre-plata-rodio, extendida sobre una gruesa plancha de cobre y todo esto cubierto totalmente por placas de cuarzo transparente y polifacético donde cada faceta actuaba como un concentrador de calor; habían 20 facetas por centímetro cuadrado y el área total de cuarzo era de 4 metros cuadrados. El calor así generado era infernal, el agua salía hirviendo y servía para cocinar alimentos, preparar bebidas y mates y como disolvente de grasa en la cocina y en el lavado de ropa.

         Había una poza de baño al aire libre hecha totalmente     de piedra, rodeada de plantas aromáticas, flores y plantas medicinales; algunos arbustos fueron plantados para evitar las corrientes de aire. El agua de la poza provenía una parte de la terma solar y otra de la red de agua normal, ambas se mezclaban en un depósito en la  parte alta hasta lograr la temperatura deseada mediante un dosificador programable,  de allí fluía hacia un canal de piedra diseñado en una doble cascada de 8 metros de altura, el golpe de agua así logrado masajeaba vigorosamente el cuerpo del bañista.  Era ya una costumbre antes de añadir el agua fría, coger alguna hierba aromática o medicinal y hacerla remojar en la poza de arriba junto con algunas sales minerales, esto era muy bueno para entonar la piel y

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